Rosario, toda una vida

La requeté biznieta quería compartir todas sus aventuras, aquellas que le hicieron llenarle el corazón de vida, pero Rosario, que tenía doscientos años era sorda de los oídos y solo pudo ofrecerle una mano arrugada y mucho calor del bueno. La requeté biznieta empezó a escribir un libro, antes de que la memoria se fuera de viaje con el tiempo.
Durante los siguientes días su libro fue vendido en las pequeñas librerías de los pueblos que no aparecían en los mapas, en las grandes multinacionales, en las estanterías de las bibliotecas, en algún banco de algún parque donde alguien lo dejó para regalárselo a quien lo quisiera leer, fue distribuido por los supermercados en la sección de viajes y tesoros, en las papelerías, en las escuelas donde fue tomado como un gran referente en el cambio social y educativo y fue adaptado a película siendo las más premiada de toda la historia del cine.
La requeté biznieta entendió aquella mañana que el éxito nace desde lo más pequeño hasta lo más grande y que este nunca llega a perder su significancia si se extiende dentro de ti como el mayor logro de tu vida.
Rosario, durante esa mañana empezó a tejer con las hojas caídas de otoño un pasillo de despedida, sabía que había llegado el momento de irse, no de la vida, si no de aquel lugar que tanto le había ofrecido, Rosario pensó que cada instante tiene su partida y eso hace que la estancia en el mundo sea mucho más acogedora. Su requeté biznieta la miró como se mira la distancia, de lejos y llena de recuerdos. Durante aquel segundo, la quiso con tanta fuerza que el dolor se volvió diminuto y apacible. Cogió un ejemplar de su libro y le dedicó un pensamiento. A Rosario y a sus doscientos años de vida. Abuela, le pregunto su requeté biznieta, ¿Como has conseguido vivir tantos años en este mundo? Rosario, que era sorda de los oídos, dejó que aquel hilo de palabras se adentrará como el gran último viaje hasta su corazón, no lo sé, le respondió, supongo que de tanto apreciar la vida ella me dejó quedarme el tiempo necesario como para seguir disfrutándola cada día.
Rosario se adentró en aquel pasillo de hojas caídas de otoño y se marchó para siempre.







